El canto del zaigú. Luis Leante

.
El canto del zaigú
Luis Leante
El canto del zaigú. Luis Leante

Colección NARRATIVA nº 181
ISBN: 979-13-87618-24-7 • 210 páginas • PVP: 19 €

<<<COMPRAR>>>


INFORMACIÓN DEL LIBRO:

Muertes inexplicables, pasiones reprimidas… «En Valderas nunca ocurría nada, o al menos así ocurrió durante muchos años —casi tantos como su historia—, hasta que empezaron a precipitarse los acontecimientos y aquello fue un no parar».

El fallecimiento del maestro de un pueblo de León en mitad de una gran nevada y la llegada de su joven sustituta desencadenarán una serie de fenómenos extraños que van a romper la rutina de sus habitantes. Supersticiones ancestrales, mitos y miedos antiguos, oportunismo y una avalancha inesperada de visitantes convierten Valderas en el escenario de una farsa colectiva, donde nadie está interesado en averiguar la verdad. Mientras el pueblo se transforma en un espectáculo acorde con los nuevos tiempos, los límites entre la realidad y la invención se vuelven cada vez más difusos. ¿Novela negra o sátira de nuestro comportamiento?
El canto del zaigú es una novela coral, mordaz y profundamente humana sobre el poder de los mitos, la manipulación colectiva, la ambición y el deseo de prosperar. Una caricatura que se convierte en esperpento para mostrarnos, a modo de espejo, el comportamiento humano frente a temas como la educación, el deseo, la culpa, la religión, el oportunismo y la corrupción moral, sin caer en el maniqueísmo.

Una historia tan irónica como perturbadora, en la que la cuestión final no es si el zaigú existe o no, sino hasta dónde estamos dispuestos a llegar para conseguir que los demás crean en él.
.


LUIS LEANTE
Luis Leante

(Caravaca de la Cruz, Murcia, 1963)
Cuenta con siete novelas publicadas, la última de ellas 40 años en 24 hores, en M.A.R. Editor.
Es licenciado en Filología clásica por la Universidad de Murcia. Ha publicado las novelas: Camino del jueves rojo (1983), Paisaje con río y Baracoa de fondo (1997), Al final del trayecto (1997), La Edad de Plata (1998), El vuelo de las termitas (2003), Mira si yo te querré (2007), La Luna Roja (2009), Cárceles imaginarias (2012) y Annobón (2017). También es autor de novelas de género juvenil y de dos libros de relatos El criador de canarios y El último viaje de Efraín. Ha publicado las obras de teatro Se ofrece mezzosoprano para tareas del hogar (2018), Historia de una cornisa (2019) y Los resistentes (2019), Mención Especial del Jurado del XIII Premio El Espectáculo Teatral de Ediciones Irreverentes.

Ha ganado algunos premios literarios, entre los que destacan el Premio Alfaguara de Novela, el Premio Mandarache y Premio Hache de los Lectores y el Premio Edebé de Literatura Juvenil. Luis Leante es uno de los escritores más sólidos de nuestro panorama literario. Su obra está traducida a veinticinco idiomas.

Academia Europa fue su primera publicación en M.A.R. Editor, a la que siguió el éxito de crítica y público Interpretación de la mentira. Presenta ahora El canto del zaigú.


Entrevista a Luis Leante


El canto del zaigú es una historia entre el género negro, el costumbrismo, la sátira y el esperpento”.

Luis Leante


Pregunta.- Por tercer año consecutivo publicas una novela con M.A.R Editor. En este caso se trata de una novela que se publicó por primera vez hace 26 años. ¿Por qué esta mirada a las obras anteriores?
R.- La velocidad a la que se suceden las novedades editoriales me produce vértigo y bastante frustración. Y lo digo desde el punto de vista del escritor. Me gusta, a veces, echar la vista atrás y volver sobre obras que publiqué hace años y que en su momento fueron importantes para mí, pero que quedaron enterradas en la memoria bajo el peso de mis novelas posteriores. Es como mirar el álbum fotográfico familiar y reconocer momentos y lugares en los que uno fue feliz. En ese caso, al mirar atrás, he tenido la sensación de que esta novela tenía algo de anticipativo sobre los cambios sociales y de costumbres que nos venían con la entrada del nuevo siglo.


P.- La ubicación temporal: no hay referencias del tiempo que se desarrolla. En algunos momentos tenemos la sensación de estar leyendo una novela situada en los años 60 o 70 del siglo pasado, y en otros podría estar en los albores del siglo XXI.
R.- Exacto. No se puede decir que sea una novela atemporal, pero sí es cierto que no se ofrecen datos concretos. Sin embargo hay detalles que pueden ubicarnos en una época más cercana al siglo XXI que al XX. En realidad, aunque no se dice, la acción se desarrolla a mitad de los años 90. Y la dificultad para ubicarla sin referencias es que en ese final de siglo se vivió en algunas zonas rurales un extraño proceso evolutivo: por una parte seguían vigentes las viejas y a veces rancias costumbres y tradiciones heredadas a lo largo de décadas, o incluso siglos, y por otra parte había una generación que luchaba por entrar en la modernidad. Esa convivencia fue lo que me llamó la atención, y sin saberlo en ese momento resultó una historia en donde se anticipaban fenómenos que aún no se habían desarrollado.


P.- La primera edición (2000) fue presentada como novela negra, pero cuesta encasillarla en el género. Parece una mezcla de novela negra, novela social, sátira. ¿Cómo la definirías?
R.- Aunque no me gustan mucho las etiquetas, quizá en este caso podría servir para entender cosas que se intuyen en la novela, pero que pueden llegar a desconcertar a un lector crítico. Efectivamente, la novela ganó en 1999 el Premio de Novela Negra Rodrigo Rubio y fue publicada con esa etiqueta. Yo soy lector de novela negra, pero nunca había entrado en el género, excepto algún relato corto. Lo que hice fue utilizar los elementos de la novela negra clásica, desmenuzarlos y llevarlos a un pequeño pueblo de León, en un entorno rural y muy reducido en el que nunca ocurre nada, para hacer un retrato social que supera el propino género negro. Era como utilizar la técnica de la pintura impresionista para pintar un bodegón. En este caso los escenarios cosmopolitas del género clásico se hicieron rurales, el antihéroe que a veces es el narrador se convierte aquí en una historia coral contada desde distintos personajes. La femme fatale es aquí una maestra joven, que pone patas arriba la convivencia de los hombres del pueblo, anclados en la mayoría en una rancia tradición de supremacía que es aceptada por algunos. Aparecen las ruinas y miserias humanas en contraste con la lucha de superación. El resignación frente a la esperanza de los jóvenes de salir de ese entorno. Hay muertes misteriosas, una investigación, un policía alcohólico y, sin embargo, también tiene partes del género satírico y, sobre todo, influencia del Valle Inclán en ese esperpento tan nuestro. O al menos así lo planteo yo.El canto del zaigú es una historia entre el género negro, el costumbrismo, la sátira y el esperpento.


P.- Sí, a veces parece una parodia del género negro. Y, abundando en esta cuestión, ¿se podría decir que esta novela es al género negro lo que El Quijote es a las novelas de caballería?
R.- Salvando las enormes distancias y subrayando que yo no soy Cervantes ni podría serlo en varias vidas que siguiera escribiendo, es justamente así. Cervantes reproduce los esquemas de las novelas de caballería, pero no escribe una novela de caballería, aunque muchos la consideraron así en su tiempo. Yo utilizo la estructura de la novela negra, pero escribo otra cosa que no sé definir. Y, sin embargo, tiene alguno de los vicios y virtudes de ese género negro donde el machismo, los comportamientos miserables de los personajes no pueden interpretarse como una apología de las miserias, sino un retrato que intenta convertirse en espejo social. A veces tenemos un gran concepto de nosotros mismos hasta que otros nos retratan o nos colocamos delante del espejo, en este caso literario. Esta novela hace en parte esa función de espejo social, pero deformado con los espejos del Callejón del Gato, que tanto juego le dieron a Valle Inclán.


P.- La novela está ambientada en un pueblo de León real, Valderas. Y se nombran pueblos de la zona que no son invención tuya. Sin embargo, tú has dicho en alguna parte que Valderas no es más que un escenario que te sirve para inventar un lugar.
R.- Sí, de nuevo utilizo la realidad para crear una ficción. Valderas es un pueblo que ha sufrido una despoblación brutal en las últimas décadas, pero en este caso no deja de ser un escenario para contar una historia. El pueblo de la novela, aunque se llama igual, es más pequeño. Es verdad que los edificios, las calles, los parajes son reales, pero no son más que decorados para una trama ficticia. Los nombres de los personajes se corresponden con habitantes de Valderas (Tiburcio, los Benitos, Socorrico, etcétera), pero no son solo nombres. Son como los extras de una película, que actúan con su propio nombre, pero representan personajes. Hay personajes como Jesucrito o Paulino Pimentel que están sacados de otros relatos anteriores, pero también tienen nombres de personas a las que he conocido. Y no me refiero a Jesucristo, hijo de Dios, sino a un profesor de instituto que se llamaba así. Y su esposa se llamaba Magdalena. La realidad a veces te pone en bandeja las historias.


P.- ¿Qué ha cambiado en los último veinticinco años en ese mundo rural que describes?
R.- Muchas cosas, tanto para bien como para mal. Para empezar, la Castilla que yo reflejo está más despoblada y olvidada que hace unos años. Los jóvenes se diferencian mucho menos de la juventud urbana. La globalización, la tecnología los ha igualado con los jóvenes de casi cualquier parte del país, o del mundo. El progreso tecnológico ha supuesto una revolución para el mundo rural y un avance en muchos sentidos. Pero la brecha de desigualdad de oportunidades ha crecido. Algunos avances no han servido para sacar a los pobladores del olvido, pero sí les ha facilitado la vida. Por una parte se avanza en muchos sentidos, pero al mismo tiempo la sensación de frustración en una parte de la población es grande.


P.- En la novela hay una búsqueda por parte de algunas personas de atraer gente al pueblo para revitalizar la economía con el turismo. ¿Esto es también una anticipación de lo que iba a venir con el cambio de siglo? Me refiero a la masificación turística.
R.- Es posible. Pero no hacía falta ser adivino para suponer lo que iba a pasar. España es un país turístico sin ninguna duda, pero ese turismo rural que ahora está creciendo era casi inexistente hacer 25 o 30 años. Al menos en algunas zonas. Yo recuerdo hace algunos años un pueblo al que llegó un japonés y los niños salían a la calle para verlo de cerca y tocarlo. Hubo un esfuerzo por “poner en valor” lo que cada comunidad, cada pueblo, cada rincón tenía de particular y mostrarlo al exterior. Y en algunos casos se inventaron esos “valores” y trataron de hacerse “únicos”. Igual que pasó con ciudades de costa, que fueron a buscar a los turistas al extranjero, también en algunos pueblos se buscó la forma de traerlos y hubo una competición para ver quién traía más. Por ahí va un poco la sátira que supone esta novela.


P.- ¿Se puede decir que tu llegada a Valderas supuso una especie de revelación que te llevó a escribir la novela?
R.- No, más bien supuso encontrar el camino de una historia que quería contar desde hacía tiempo pero no tenía, digamos, “los materiales” necesarios para construirla. Yo vengo de una zona rural y conozco ese mundo desde que era un niño. Pero la cercanía, tal vez, me impedía contar lo que tenía a mi alrededor. Diez años antes de llegar a Valderas, un amigo me contó bajo el acueducto de Segovia una historia que ocurrió en su pueblo, en la Sierra del Segura: el maestro murió durante una nevada, los servicios funerarios no pudieron llegar porque se quedó aislado el pueblo y tardaron más de una semana en abrir la carretera. Como no podían enterrarlo sin más, subieron el cadáver del maestro al piso superior del ayuntamiento y allí estuvo siete días, con las ventanas abiertas, en una habitación que funcionó como cámara refrigeradora. Aquella historia me pareció terrible e interesante a la vez. Yo quería escribir sobre aquello, pero no encontraba el hilo para continuar la historia. Pocos años después, un editor me contó que conoció en Toledo a unos vigilantes de la Casa del Grego que ofrecían a algunos turistas electos y escogidos, a cambio de una módica cantidad de dinero, la posibilidad de entrar en la alcoba del Greco y ver la cama en que murió. La realidad era que la cama era un cabezal antiguo y varias caja de fruta sobre las que habían puesto un tablero y una colcha antigua de la suegra de uno de ellos. Esa imagen, de repente, prendió como un chispazo con la imagen del maestro en el piso superior del ayuntamiento. Y en cuanto llegué a Valderas comprendí que ya lo tenía todo para contar la historia.



Otros libros de Luis Leante en M.A.R. Editor


Interpretacion de la mentira
Academia Europa

Interpretación de la mentira
Luis Leante

Academia Europa
Luis Leante




 

© M.A.R. Editor. 2012 • CONTACTO