La sangre y el tintero (Dietario de un cazador de palabras). José Antonio Molina

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La sangre y el tintero (Dietario de un cazador de palabras)
José Antonio Molina
La sangre y el tintero.José Antonio Molina

Colección Ensayo nº 2
ISBN: 979-13-87618-25-4 • 150 páginas • PVP: 17,50 €

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INFORMACIÓN DEL LIBRO:

Relatos, microensayos, epigramas, sátiras, recuerdos y alucinaciones forman la realidad del mundo y de nuestra sociedad que José Antonio Molina describe con brillantez y humor soterrado.

Las rayas del tigre, las corrientes marinas, las voces de ultratumba, los reflejos de una copa de vino nos muestran nuestra propia realidad, con distancia y humor, y el mapa de los senderos que se entrelazan.
Thomas Mann decía que para ser un buen escritor era necesario tener siempre una gota de la propia sangre en el tintero. Esta idea de la autenticidad se combina con la mirada de cazador que Molina exhibe. Cazador de palabras es como decir observador de la realidad más allá de los engaños y espejismos de un mundo vacuo, automático y comercial. Molina se lanza a una descarnada topografía del universo para explorarlo en toda su dimensión real, simbólica y onírica. En su zurrón de cazador hay retazos de realidad que filtra a través de una mirada desencantada, la de quien ha entendido que solo existe el progreso cuando dejamos algo atrás. Molina nos concilia con el miedo al encuentro; es más, nos hace desearlo. Y, a la vez, es la mano amiga sobre el hombro que nos hace comprender cómo es el aire que respiramos y la vida que vivimos.

La lectura de estos textos breves e impactantes nos recuerda que bajo la arena del mar agoniza el tiempo y que bajo las aguas hay catedrales sumergidas, o dicho de otro modo, que hay muchas otras vidas posibles y quizá las hemos vivido o soñado. Las voces de este libro son sonidos de una flauta mágica que nos recuerda que tenemos mucho por vivir y debemos vivirlo todo.


JOSÉ ANTONIO MOLINA
José Antonio Molina

(Murcia, 1972)
Profesor de Historia Antigua y Decano de la Facultad de Letras de la Universidad de Murcia. Ha impartido docencia como profesor visitante en la Universidad de Eichstätt y en la Universidad de Varsovia y Lublin. Como historiador trabaja en los campos de mentalidad, cultura y antropología de la Antigüedad Tardía e historiografía alemana del S.XIX. Ha participado en revistas especializadas como Antigüedad y Cristianismo y Revista Murciana de Antropología.

Ha publicado en M.A.R. Editor las obras: La memoria de las sirenas, La habitación secreta (I Premio Nuevo Periodismo de M.A.R. Editor), Desventuras de don Quijote, La puerta de las maravillas y ahora presenta en la Colección de Ensayo La sangre y el tintero.

Como historiador trabaja en los campos de mentalidad, cultura y antropología de la Antigüedad Tardía e historiografía alemana del S.XIX. Ha participado en revistas especializadas como Antigüedad y Cristianismo y Revista Murciana de Antropología. Traductor de figuras de referencia en la historiografía alemana, como H. Hunger, F. Gregorovius para la editorial Herder, entre otros, es autor de los libros Los Celtas (Edimat, 2006) y El imperio huno de Atila (Síntesis, 2022). En el campo de la literatura ha traducido del poeta alemán H.Heine, Los espíritus elementales (Ediciones Irreverentes, 2014), y ha colaborado en la edición y traducción de la obra de Eugeniusz Malaczewski, Caballo en el monte (Encuentro, 2012). Colabora asiduamente en el diario La Opinión de Murcia y en Onda Regional de Murcia, así como en otros medios de comunicación.


Entrevista a José Antonio Molina


No concibo la literatura como un juego estético de malabares. Lo que ocurre en el alma debe plasmarse en el papel a través de la tinta, que es nuestra sangre

José Antonio Molina


Pregunta.- Términos como “sangre” y “caza” figuran en el título de su libro. Pero, ¿qué es lo que vamos a leer en él?
R.- El título ha quedado constituido como una declaración de principios. Señala la autenticidad que busco. No concibo la literatura como un juego estético de malabares ni como una muestra de sabiduría escapista en un mundo acelerado. Lo que ocurre en el alma debe plasmarse en el papel a través de la tinta, que es nuestra sangre, sin espacio para la mentira ni para la simulación. El hecho de que el libro invoque para sí la figura de un dietario, sin serlo escrupulosamente, abunda más en la idea de una literatura personal, inmediata y auténtica, no impostada ni simulada y a la vez lejos de autoficción y de los géneros habituales. En definitiva, en el libro hablo espontáneamente de lo que encontramos en la vida, a lo largo del camino de nuestro existir.


P.- Hay una profusión de alusiones predominantemente clásicas a la tradición mitológica, a la Historia, y a la Literatura Universal que hacen pensar que el texto es todo menos espontáneo.
R.- Resulta evidente que hay una elaboración. Prefiero la prosa elaborada, cuidada. La espontaneidad es el primer impulso, después viene la corrección, la mejora. Y sobre todo la brevedad, la concisión. Cada escritor o escritora tiene su modo de expresarse y eso es legítimo, no seré yo quien lo juzgue o lo condene. Pero la prosa descuidada (como si por ser más ruda fuera más sincera) no es de mi gusto. Hay que amar el idioma con el que uno escribe, cuidarlo, respetarlo. Espontaneidad no es negligencia. Prefiero una cierta orfebrería de las palabras, por supuesto sencilla, alejada de la pedantería; incluso mejor cuanto más sencilla para plantear todo tipo de cuestiones.


P.- ¿Qué otro tipo de cuestiones son esas?
R.- En primer lugar reflexiono sobre la civilización, sobre sus logros materiales pero también sobre el precio pagado por ellos. El tono es eminentemente ensayístico, eso es cierto, pero es un ensayo que deriva fácilmente (y muy deliberadamente) a la narración, al relato minimalista, a la fábula y al aforismo. Y a partir de ahí la temática se vuelve más imprevisible, inesperada, aparentemente fragmentaria.


P.- En su libro hay relatos metafóricos que cuestionan el sentido de todo lo que vivimos, la veracidad del discurso.
R.- Cierto. Se alude la existencia en una vorágine desprovista del sentido aparente que hemos dado a las cosas, en la que subyace algo que aún no hemos descubierto que pero que siempre ha estado ahí.


P.- ¿Es usted un defensor del mundo clásico?
R.- Defensor es un término militante que no estoy seguro de aceptar con el sentido que hoy día parece que lo entendemos. Por supuesto que la cultura debe ser defendida, pero no era esa mi primerísima intención. Digamos que, por mi parte, las alusiones al mundo clásico, pero también a la cultura del Lejano Oriente o del mundo árabe, no pretenden más que señalar una puerta de entrada a preocupaciones mayores. En mi libro se dialoga con la tradición, pero no se la divulga ni se la explica. Ese camino no me interesa, ni tampoco exijo que el lector sea una persona académica o de conocimientos académicos. Simplemente empleo la tradición cultural igual que empleo el aforismo y la fábula. Pretendo sembrar dudas sobre la escala de valores contemporánea, mostrar cómo los sueños de pureza de hoy, por bienintencionados que sean, son las pesadillas del mañana; defiendo la idea de que el ser humano no ha avanzado nada en lo esencial y sigue siendo el siervo de sus ilusiones, el esclavo de sus miedos. Construimos grandes monumentos conceptuales, sistemas complejos y alambicados de imágenes y palabras para acabar soñando los mismos sueños milenarios. Esa es la razón de los mitos clásicos que empleo, a la misma altura que otras tradiciones no clásicas, incluso elementos oníricos, y hasta de los elementos cotidianos del mundo popular que no pertenecen al canon culto, y por supuesto también aforismos o sugerencias inesperadas provocadas por simples palabras.


P.- ¿Se ha instalado usted en un cómodo pesimismo cultural?
R.- No me cabe duda de que podría parecerlo. El juicio contra la civilización, los discursos dominantes, la ética de la competitividad y las innegables menciones a las crisis de nuestro tiempo podrían avalar esa hipótesis. Pero probablemente sería una hipótesis falsa. No soy un pesimista. Optimismo y pesimismo son dos caminos sin salida. Sí profeso una esperanza muy clara a lo largo de todo el libro, y que además es coherente con mi producción anterior. Dicha esperanza es el regreso, el regreso a la palabra, a una palabra que no esté corrompida. El retorno a lo auténtico, a la contemplación respetuosa y meditada de nuestro entorno, incluso de nuestras propias ruinas, aquellas que acabamos de generar nosotros mismos. Y por supuesto, la veracidad en nuestra forma de relacionarnos, en mi caso la veracidad en la escritura, la sangre disuelta en la tinta, y un espíritu de “buscador” de “rastreador”, a la caza en una selva de imágenes, símbolos y palabras.


P.- En la novela hay una búsqueda por parte de algunas personas de atraer gente al pueblo para revitalizar la economía con el turismo. ¿Esto es también una anticipación de lo que iba a venir con el cambio de siglo? Me refiero a la masificación turística.


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